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Dicen que en la infancia se esconde todo, y es allí a donde uno accede a la hora de bailar la vida.

Juan Pez tiene en ese lugar, el tesoro más valioso: el acceso a un submundo de dibujos, colores y formas plasmadas en márgenes de hojas rayadas, guías telefónicas, sentado en aquella mesita con su abuelo, aprendiendo a presionar el grafito para que marque una línea. Y muchas más.


¿Quién es Juan Pez?

 

Pez es el niño interno de Juan Pablo Díaz, nacido en 1986 en La Matanza, Buenos Aires, Argentina. Es el que brota a borbotones cuando Juan toma un lápiz, recordando la mesita del hall de la casa de su abuelo, donde, debajo del alhajero de cerámica -con una flor gigante como tapa-, había hojas y lápices sin punta, invitándolo a jugar. También había caramelos de menta y monedas antiguas, dándole todo un toque “casa de abuelo”. Hoy dibuja desde su escritorio en su morada de Villa Crespo, Capital Federal, Argentina.

“Juan Pez es la conexión que tengo con mi infancia y mi lado creativo. Dibujaba cuando me quedaba a dormir en la casa de mis abuelos. La única manera de no aburrirme era visitando el gallinero, ayudando en la cocina o elegir algún vinilo de Gardel, ponerlo en el tocadiscos y sentarme a dibujar con mi abuelo, que solía dibujar a Popeye”, cuenta Juan. “Yo lo veía dibujar y trataba de imitarlo. Recuerdo que juntos les hacíamos bigotes, arrugas u orejas de elfo a los artistas de las revistas”.

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Con esta esencia, la adolescencia lo alcanzó, no sin algo entre manos. La modalidad “Comunicación, Arte y Diseño” del colegio al que asistía lo llevó por ese camino que tenía que seguir. Desde allí tuvo su primer acercamiento al Periodismo, Análisis Cinematográfico, Fotografía, e Imágenes y contextos. Éste último, fue el que le dio cuenta de su capacidad para comunicar con imágenes. Bailando a la vuelta también estaba la poesía, la música y el tiempo necesario para que sus ideas tomen forma y cuerpo, con inclinaciones hacia el activismo de Lennon y Yoko, la vanguardia de Spinetta, la “Nueva Figuración” y el Surrealismo de Oliverio Girondo.

Entre tantas de sus iniciativas, llevó adelante un programa de radio con su mejor amigo, auspiciado por vecinos de su natal barrio de “Isidro Casanova”. También se dio el lujo de crear un fanzine activo en los colegios de la zona, donde, junto con otros colaboradores, escribía y reseñaba lo ‘underground’, o todo lo que quedaba fuera del ‘mainstream’ del momento. Más lejos pero no ausente su lado crítico de humor negro y picardía salía a hacerse escuchar -o ver, en este caso-. “’86 U.E.I.A.s” era el colectivo del que formaba parte, junto a quienes plasmaba el resultado final de sus procesos creativos en la vía pública, utilizando stenciles con leyendas y mensajes que criticaban el consumismo y la música comercial. Tiempo después, la poesía que lo había rondado desde siempre, tomó peso y resultó en un libro de pequeño formato que incluía todos sus escritos agrupados en 55 poesías, llamado “Despojo”.

La ilustración profesional hasta entonces no obtenía su merecido, le parecía algo impensado, además de que sus referentes tenían un estilo muy realista, bastante limitador. La invitación definitoria al campo artístico fue por parte de Aníbal Santangelo, artista y profesor del colegio al que asistía. Con él trabajó y aprendió sobre el oficio y las técnicas artísticas durante alrededor de cinco años. “En el estudio había a mi disposición una biblioteca enorme llena de libros de arte y comics. A partir de ese momento se amplió mi panorama y mis nuevos referentes fueron ‘El Bosco’, ‘Basquiat’ y ‘Max Cachimba’. Más tarde llegó Liniers e Internet, que me llevaron a ‘Havec’, un francés que subía sus dibujos a Fotolog”.

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Con los nuevos descubrimientos, también llegó ese fuego que lo encendió para que, con el tiempo, se viera dibujando lo que no podía expresar en sus poesías y cuentos.  A través de redes sociales, contactó con sus actuales amigos, junto a quienes volvió al ruedo callejero, sumándose a la corriente “Street Art”.

“Imagino que la gente entiende lo que hay detrás de cada dibujo, y en caso de que eso no ocurra, al menos ven que me divertí haciéndolo e invita a que ellos hagan su propia experiencia también. Dibujar es lo más primitivo que uno conserva de la niñez, por más que te formes y estudies, lo expresivo siempre está”.

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La magia desborda con ilustraciones de niños de brazos unidos, narices triangulares y expresiones recurrentes. Allí, entre garabatos, el mensaje y, a su vez, su propia manera de ver ese mensaje. “Más de una vez me he descubierto sonriendo mientras hacía un trazo”. Poco a poco, sus particulares dibujos se fueron ganando un lugar en el medio, donde llegó para quedarse.

Hoy Juan PEZ, (nacido como ilustrador freelance en 2008) elige el sol mañanero para explayar su creatividad, pero el silencio y la tranquilidad de la luna para sentarse a hacer. “En la mañana suelo anotarlo todo y a la noche me siento a definir y dibujar”. Volado por cuentos y poesías, extasiado de comics de Daniel Clowes, y pinturas de su lista de artistas referentes, llueven palabras claves, asociaciones y azar, que lo endulzan como un niño e invitan a Pez a salir a jugar entre papeles.
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Pez en la corriente:

Sus ilustraciones y representaciones han viajado por casi todo el continente americano y también un poco por el europeo, y lo han hecho dar con artistas reconocidos como:

“Rocambole”, “Max Cachimba”, Pedro Mancini, “Liniers”, Gustavo Aimar, “Power Paola”, Alejandra Lunik, Soledad Otero, Fernando Calvi, Fernando Sawa, “Maitena”, Juan Molinet, Kioskerman, Maco, Gabriel Fermanelli, Marquitos Farina, Fede Pazos, Vero Blejman, “Jim Pluk”, “Animalito”, “Ochopante”, Mariana Gil Rios y Daniel Roldan.

Su día a día es espontáneo, por lo que lo único que tiene confirmado para el 2016 es seguir con su colección de robots japoneses, y continuar intentando meter algún “Goku” -llave del preciado tesoro-, en sus ilustraciones corrientes. Seguro retomará a Choi Seung-Ho -un poeta coreano que abarca la ecología con un tono algo grotesco-, y se volverá a inspirar. “El arte es lo que a uno le genera cosas por dentro y por eso es algo que uno no tiene en cuenta hasta que sucede. El arte nos lleva a reflexionar, nos ubica en el mundo. Nos vuelve conscientes de lo que nos rodea desde otro lado, desde la sensibilidad. Nos transforma, nos vuelve seres sensibles”, cierra.

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