Este artista colombiano conoce y se pierde en las calles interviniendo paredes con animales y criaturas fantasiosas, el scratch habla en sus pinturas de recurrentes dibujos en grandes extensiones y materiales.

No hay futuro mentalizado para intervenir las calles de la ciudad, no hay muros ni lienzos que pongan un límite para expresar lo que por impulsos la mano se atreve a pintar, sus dibujos se convierten en criaturas interiores que sacan a flote las emociones en pintura, como si fueran coloreados con crayones, viajan por las calles, las ciudades y los pueblos, dejan huella, recogiendo historias y alimentando este bestiario que el artista Sebastián Malegría va plasmando en sus viajes en bicicleta.

Los pueblos y la urbanidad dejan visitar a sus transeúntes y quienes se atrevan a dejar arte en sus paredes, lo realizan sin restricciones. Sebastián inicia su gran travesía y experimentación en Argentina, estudia cine mientras recorre las calles y se da cuenta de la fascinación de pintar murales en la calle durante la crisis económica que azotaba a Argentina en la década del 2000, razón por la cual incrementó el movimiento del arte urbano y la libertad de expresión. Los viajes lo llevaron a realizar muchos más murales, su técnica basada en bestiarios, animales y criaturas que en su momento realizaba en su niñez, evolucionaban para desatar su imaginación con colores y algunas frases que dejaban huella en cada recorrido que realizaba.

Su trabajo se extendió y pasó de la calle a la pintura sobre lienzo; su técnica, el scratch que consiste en cubrir con una superficie negra colores previamente pintados para después con un punzón empezar a dibujar y revelar la imagen, se convirtió en el arte que se fusionara con lo urbano. Es un proceso minucioso que Sebastián Malegría ha ido experimentando durante varios años y que ha logrado llevar sobre varias superficies y tamaños, realizándolo también sobre paredes de gran formato hasta completar una habitación entera.

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En Argentina en el año 2014 realiza su primera exposición individual titulada “Escracho” y para el 2015 vuelve a Colombia para presentar su trabajo en LAVAMOATUMBÁ y El Antídoto, mientras paralelamente se mantiene en el arte urbano, pintando murales en las calles con su técnica tan particular y a finales del 2015, hizo parte del “Festival Internacional de Revitalización” en uno de los barrios de la ciudad de Bogotá que reunió a más de 30 artistas urbanos.

Sebastián Malegría habló con Inkult Magazine sobre su trabajo de scratch y de arte urbano, esto fue lo que nos contó:

¿Cómo fue ese acercamiento con el arte urbano?

En el 2009 fue mi hermano a visitarme a Argentina, él es diseñador gráfico pero la calle se convirtió en su escuela también. Me acuerdo que hice mi primer muro con mi hermano, fue un momento mágico, un instante privilegiado y dije que eso era lo que quería hacer toda mi vida.

Seguí con mi carrera y hacia paralelamente las dos cosas, tanto el cine porque me nutría y la pintura me permitía estar más vivo. Mi objetivo es llegar a hacer un lenguaje híbrido donde se combinen el cine, la pintura y la literatura.

¿Cómo ha experimentado en Argentina y Bogotá las restricciones de pintar en las calles?

Los normales y clásicos, casi todo mi trabajo lo he desarrollado en Argentina y allá después de la crisis económica el pueblo pasó a tener mucha más importancia que antes. Hubo un punto de quiebre en el arte urbano argentino, si antes había un movimiento bastante grande de arte urbano, después de eso la gente empezó a salir a las calles a pintar con esténcil y generó una expansión inmensa en el arte urbano que fue justo cuando yo empecé a pintar exteriormente.

En Bogotá, viví el último año de la alcaldía del alcalde Gustavo Petro y había mucho trabajo, aunque igual si actualmente fuera ilegal también lo haría. Somos un poco afortunados los que pintamos acá en esa época porque se ha podido pintar con mayor libertad y me parece que el hecho de que sea legal genera mayor nivel y otras dinámicas para la sociedad, una relación entre la gente y el arte urbano. El graffiti tiene que ser marginal e ilegal, es algo que es demasiado humano y hasta animal.

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¿Cómo escoge los lugares que va a intervenir?

Andar en bicicleta es la manera en la que conozco las ciudades o caminando en las noches tomando y pintando con amigos en las calles así me relaciono con ellas, a todas las que he ido trato de transitarlas en bicicleta y perderme en ellas. Cuando voy andando en la bici y me impacta un muro, voy y lo pido, por lo general uno tiene el ojo para saber que se muro se puede pintar.

Practico también lo que planteaba Guy Debord en “La sociedad del espectáculo” sobre el situacionismo, en donde plantea que uno elabora mapas mentales en los cuales tú vas de tu casa al trabajo por el mismo camino y nunca varías ese recorrido, yo me di cuenta de eso entonces empecé a alterar esos mapas mentales. Ese proceso que es tan simple a primera vista genera una apertura de los sentidos y de la percepción inmensa, hace que tú veas otra ciudad cada vez que coges por otro camino. Luego lo hice en compañía de la bicicleta y ahí la ciudad me empezaba hablar. Después me di cuenta que esos muros están hecho para ti, que tienes que dejarte ir y abrir la percepción, la ciudad es un ente vivo que finalmente te empieza a hablar. Así he conocido muchas ciudades y muchos lugares que no hubiera podido conocer si no me hubiera perdido. Me parece que el vagabundeo es vital.

En ocasiones realiza animales o seres salidos de su propia imaginación ¿qué lo llevó a inspirarse en estos personajes y cómo ha sido la evolución?

Lo que me parece lindo de esto es que uno siempre va cambiando, justo en este momento estoy metido en un proceso distinto y limité mucho la paleta de color. El trabajo al que te refieres es un trabajo totalmente referencial e imaginario el cual vengo desarrollando desde esa época de mi niñez a los cinco o seis años, donde yo hacía una serie de libros con personajes en común, los encuadernaba y los pintaba solo que se llamaba Pipos en la noche, eso lo fui puliendo hasta lo que es ahora. Es una mezcla de animales, como un bestiario muy personal y basándome en los bestiarios que hace Borges… es solamente una referencia porque cuando yo los hacía no sabía ni siquiera quien era Borges, es simplemente una pulsión que nace de uno, son como marcas de que uno está vivo y me reafirma como individuo.

Últimamente todas las experiencias personales te van cambiando y en los últimos dos años he estado trabajando con temas sobre dolor, los sueños y todas esas cosas auto referenciales que te pasan, el hombre inmerso en esta velocidad.

¿Cómo inicia a explorar la técnica del scratch?

El primer acercamiento lo tuve en el jardín de niños, después tomé varios talleres de ilustración. A mí no me gusta perder esas cosas que realizaba en la infancia, lo volví a retomar y me di cuenta que me conectaba con lo más puro y primitivo.

Mi padre me dio unas hojas para hacer scratch cuando me fui a Argentina, todo iba directo del corazón al papel, lo único que mediaba era la muñeca y cuando me di cuenta ya tenía treinta scratch. Después pensé, si lo puedes hacer en un lado lo puedes hacer donde quieras, entonces lo llevé a u muro, en vidrio, e, acrílico hasta ya tener una exposición montada.

En el Antídoto que se realizó en la Casa Nacional de Bogotá intervenía un cuarto lleno de tiza y también hice una serie de veinte scratch donde se mezclaba con otra técnica que se llama falso grabado, entonces ahí trataba de hibridar lenguajes. Todo el tiempo trato de mixturar las cosas y de mezclar.

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Texto por Sandra Fernández

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