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Hay quienes una flor le parece simplemente una flor. Un animal, sólo un animal. Un mar, sólo agua salada. Una canción, sólo un conjunto de sonidos armónicos. Hay también quienes son sensibles y permeables. Los atravesados. El arte no es algo tangible que creamos, sino una ola indescriptible que alcanza los cuerpos etéreamente dispuestos a ser atravesados. Ellos deciden ser envueltos en una masa mágica que eriza la piel, y vuelven a reproducir, no sin antes interpretar, este mensaje que se les ha sido brindado como con un cable invisible conectado directo al corazón. El arte los ha atravesado y ellos han sido capaces de dejarse ser. Entonces así, traspasados como por una luz, son capaces de crear una nueva pieza no solo totalmente transparente, sino que también altamente poderosa, capaz de revertir todo daño al estado natural de las cosas.

Ariel Asselborn sintió ese fuego pasando a través de él a muy temprana edad, y lo empujó dulcemente por un camino envuelto en arte. Tal vez fue la necesidad de decir cosas, tal vez fue elegido para ser quien alcance la música y sane al resto de los mortales. “De muy chico tuve esta inquietud que me mantuvo siempre buscando, haciéndome preguntas que una melodía podía responder sin problemas; el idioma más secreto del hombre, el idioma sin fronteras, que está ahí para él y para la tierra”, dice Ariel, un hombre sencillo de 39 años de vida, que no concibe a la melodía o al ritmo lejos de la naturaleza, sino como “una forma de volver a ella, en estos tiempos de tremendas mutilaciones al mundo natural”. Justo ahí está la transformación. Según él, la música lo ha mantenido esperanzado a pesar de todo. “Se transforman en mí los designios ocultos de la civilización humana, en melodías, ritmos y juegos sonoros”, explica.

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Se ve que la melodía ya lo andaba rondando, y para elegirlo, primero tuvo que pasar a través de su padre, quien tocaba un poco de muchos instrumentos y lo hizo acercar a Ariel a ese mundo de colores. “Ése fue el primer contacto, contacto que me hizo comprender mi lugar, mi cultura, mi gente y el vocabulario de los poetas cantores, que no es algo menor”, cuenta.

El vínculo que logró con la música lo llevó primero a sentirse diferente respecto al resto de los niños que lo rodeaban, pero después encontró en él un nuevo lugar. “La conexión con la guitarra es muy particular, siempre me gustó y siempre la vi como algo espiritual, en vez de verla como un instrumento a dominar. Al venir del árbol, intuía que algún viejo sabio estuviera guardado en ella, esperando ser descubierto”, revela mientras recuerda una vieja guitarra en su casa de San Martín, provincia de Buenos Aires, que lo invitó a jugar un día para nunca más desprenderse. “A veces rasgueaba sus cuerdas, apoyando la oreja en su cuerpo de madera, para escuchar los seis sonidos mezclándose en el pequeño recinto que formaba la caja hueca. Escuchaba hasta el último momento en donde el sonido se desvanecía por completo, entonces, volvía a tocar, a repetir el proceso una y otra vez, como buscando algo. Me significaba magia, armonía, simpleza, y mucha alegría”.

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A medida que pasaban los años, el entendimiento y la aceptación de que sí era una arteria en la tierra capaz de hacer fluir un tipo de arte dentro de sí para el mundo, fue creciendo. Y el lugar en su vida de repente fue abrazador. “La guitarra ocupa el lugar que ocupa el cultivo para un agricultor. Es mi sustento económico, mi filosofía, mi manera de abrazar la vida y amar al otro”.

El primer brote de inspiración en bruto llegó en su adolescencia, cuando compuso su primera canción llamada “Pedacito de Madera”, dedicada a su primer guitarra de luthería. No se imaginaba que muchos años después sería editada en Japón por la editorial HOMADREAM (en el año 2005), mientras se hallaba en la búsqueda compenetrada de un sonido limpio, fiel y sensible, capaz de penetrar hasta en el más exigente oído.

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Y como un pétalo de flor de cerezo fue flotando por el aire alcanzando nuevas técnicas que le abrieran las puertas para poder componer aquello que lo atravesaba. Su vibración musical empezó a ser recibida por los demás como casi hipnótica ya que desde la simpleza de componer para un sapo, un colibrí, un gato, o un pez, logró la enormidad como “una especie de permacultura musical para el oído del que busca otra cosa en este mundo”, como subraya él.

Así, el camino fue brotando de flores y notas trabajadas, mientras él se dejaba llenar por ese arte que lo atravesaba. Lo único que necesita para sentarse a tocar es un simple vaso con agua, una silla baja, el velador para iluminar sus papeles y, por sobre todo, llevar el alma preparada para iniciar otro viaje juntos. Lento y perfecto como una araña teje su tela, él fue enredando sus conocimientos con los de otros colegas, y así ser el antídoto artístico que nos salva –o alivia- de aquellas redes no tan esperanzadoras que también existen en la tierra.

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Y desde atrás de su guitarra –para que no lo vean demasiado-, mira solitario y agradece a su parte artística por nunca haberlo dejado solo. Entiende que un maestro no está únicamente en una universidad o en un sitio específico, sino que “hasta una flor puede ser maestro si así se la acepta; un amigo puede dejar una enseñanza valiosa que luego se transforma en música”. Y así como encuentra la belleza en lo más mínimo, también ha hallado en el camino el logro de grandes sueños, como por ejemplo, encontrarse con aquel sonido que buscaba, poder enseñar junto a un cuerpo docente japonés conformado por 40 guitarristas, conocer a grandes maestros y tener con cada uno de ellos una historia para contar, además de haber ganado dos importantísimos premios en Japón, que lo elevaron aún un poco más.

Hoy se da al mundo desde su casa en Colón, Entre Ríos, Argentina, desde donde busca esos pequeños e íntimos lugares donde poder desprender sus cálidas melodías fieles desde la madera al aire, a veces sólo, a veces de la mano de su compañera, Yukiko Koga, también exquisita compositora y música, con quien comparte y deja ser todo ese arte que los envuelve.

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