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Desde lejos, en una sala de teatro, se oye una maravillosa y pueril voz. Se escucha también su eco que mágicamente ha sido eyectado. Se escuchan los pasos, la risa juguetona, la misma voz ejecutando otras voces, que gritan jubilosas jugando a la resonancia, cómplice del sonido de los pies contra la madera, que a su vez emana su característico aroma, exacerbado por el calor de las luces, que sutilmente le dan calidez al momento, y a la niña. Desde las tablas, ella recorre con su mirada la sala. No hay nadie. Las butacas están vacías. Pero no el corazón, que latiendo bien fuerte se ha llenado de la magia que entró por los pies y los cinco sentidos. Como algo sobrenatural, dos fuerzas de colores se unieron en un cuerpecito, lo eligieron, y traspasaron.

Ya expresaba antaño. Su ímpetu hizo que para el primer año de vida, el caminar y hablar esté lo suficientemente afianzado para poder escuchar los cuentos de su papá antes de dormir, recordarlos y reproducirlos al día siguiente para sus amigos, con descripciones de personajes y voces dobladas. Ella es Carla. Y para ella, el teatro es pasión. Ésta es su historia.

_Alguna estación del año_ - Elefante Club de teatro

En el barrio de Balcarce, en la provincia de Buenos Aires, Argentina, las vecinas se preguntan por esa niña simpática que habla sola en la vereda, canta y cuenta historias. Es chica pero su relato es fuerte e imaginativo. No había vacaciones ni programas famosos, pero si el carnet de la biblioteca al día, hojas para escribir y dibujar y una vieja bicicleta amiga que la acompañaba a todos lados. “En los ojos de una persona se pueden adivinar los rastros de una niñez ingrata o feliz. Yo tuve la suerte de vivir una infancia feliz y llena de libertades”, dice hoy Carla, que tiene 30 vueltas al sol, y muchas más a la luna.

Según los profesionales que la solían ver, era una niña superdotada, que saltó del jardín a segundo grado sin escalas, mientras le leía cuentos a sus compañeros y gritaba los titulares de los diarios por caramelos. El arte le brotaba por las poros, la estaba construyendo. “Aún recuerdo el olor de la cerámica, las partituras de música, los pinceles en los frascos, los títeres de tela, las manos manchadas luego de pintar un mural del taller al que asistía. Todo eso se convirtió en mi hermosa caja musical de arte, juegos e imaginación”, recuerda y agrega: “El instinto sobrepasa al intelecto”, y su instinto la tomó de la mano, y le invitó a entrar en un mundo de Alicia, rodeada de mágicos animales de colores brillantes, árboles de copas frondosas, e infinidad de latidos más.

“En un mundo donde los segundos se consumen y mueren y jamás vuelven a ser los mismos, el teatro tiene el desafío de quebrar el tiempo. El teatro es único. De todas las disciplinas artísticas existentes, es la única completamente efímera”. La información bajaba del universo directo a su mente. La joven Carla, que había crecido en este cúmulo de artes, cumplió 17 y se mandó a volar. En mente muchas metas, pero en ella sabía que lo esencial era seguir con ese hilo que brillante le tiraba por ese camino que bien conocía. A los saltos comenzó a bailar ideas cinéfilas, con pasión y convencimiento, hasta llegar a ser productora audiovisual. Necesitaba alcanzar más recursos para reproducir todas esas ideas que recurrentes aparecían en su mente.

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Ensayando en un bar

Un paso para llegar al salto. El camino la llevó a dar con su gran maestra, Mónica Bruni, quien vió en ella el resplandor y la metió de lleno en el mundo de los papeles representados. “Descubrí la actuación con una intensidad diferente, bestial, pagana y arrasadora”. De repente, un viento fuerte sopló su pelo y la liberó. “La fuerza del teatro proviene de ser concebido para un instante, un momento único e irrepetible. El teatro se desarrolla en el presente. Cada función, es un hecho teatral distinto. Pasa y ya está. Nunca vuelve a ser el mismo. Es su cualidad más atractiva y brillante”. Vuelve y vuela sobre el término una y otra vez. Encuentra en cada latido una comprensión cada vez más profunda de su pasión. Según ella, es lo más parecido a la vida misma, construida de una serie ininterrumpida de momentos, frases, sensaciones, sueños, imágenes que por transitar en los hilos invisibles del tiempo, nunca se repiten.

No todos se dejan atravesar. Es una decisión. Un vuelo interno. Una corazonada. “Concibo al arte en general como una batalla interminable contra el tiempo, esa necesaria y tirana dimensión física que representa la sucesión de estados por los que pasa la materia”, subraya, y a su vuelta flotan pétalos, se ríe y esperanza.

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Showtime. Se abre el telón. Otra vez sola en el escenario, las luces calientan el piso y todavía hay olor a madera empolvada. Una nueva piel se hace carne. Sale a encantar. Los roles pisan fuerte. Son caóticos y encriptados. Carla levanta el pelo y siembra la duda. El espectador activo encuentra espacios vacíos y preguntas sin respuestas. “No es necesario explicarlo todo. El arte debe acercarse cada vez más a la filosofía que genera preguntas y abre los caminos para una exploración diferente del mundo”, levanta banderas la niña que hacía eco con su voz y la de sus pies aquel día que su mamá la llevó por primera vez a un teatro. Hoy esa niña elige personajes que van al límite, también tibios, rotos, débiles. “Me gusta ir y venir en una misma escena. Estar en la gloria y en la ruina”.

“El arte tiene la capacidad de develar, velando. Como un velo, se posa sobre la realidad para que podamos entender ciertas cosas y descubrir ciertas verdades”. Y es éste el concepto que eriza pieles. La importancia certera de que “las ideas no son de nadie”, sino que, anteriores y más grandes que nosotros, nos eligen para reproducirlas. “Hay energía latente e imágenes que nos invaden y que no sabemos muy bien de dónde vienen, pero las tomamos y las usamos y las hacemos propias. Lo que decimos y somos, es parte de una cadena más grande de pensamientos y sensaciones”, entiende.

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“Detrás del viento” es una obra que creó junto a amigas actrices y la directora (M. Bruni), luego de muchas horas de improvisación y de investigación. Tal vez fue como un juego como cuando tenía 10 años, cargado de emociones y alegatos a la realidad. Partieron de la nada y del todo. Improvisaron, trabajaron con fantasías dirigidas, mezclaron lo personal con lo inventado, sumaron recuerdos y compartieron vivencias en un espacio escénico en construcción. Se entregaron a experimentar con las raíces de esta disciplina y donde se desnudan nuestras verdaderas pulsiones. Ésta pieza mágica y volátil -engendrada por la Compañía de la que forma parte, “Vírgenes Suicidas”– voló por el aire hasta cruzar la cordillera. Llegó hasta Chile y ahora vuelve a Argentina para regalar su tercera temporada. “Para entender hasta qué punto estamos conectados con el mundo que nos rodea, es clave fundamental actuar sobre el ahora. Me gusta pensar que somos parte de un inmenso mar de emociones”, comprende y murmura que suele perderse por caminos mentales metafísicos que la hacen caer en pozos de melancolía y misantropía, pero que el arte es lo que le devuelve la conexión con la vida y la hace querer ESTAR, presente en cuerpo y alma, en este mundo que parece desquiciado, pero no desprovisto de epifanías, bellezas y de ese arte que la ha elegido.

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