La maravilla de escribir es que se inmortalizan sensaciones. Permanecen.

La ventaja de la expresión escrita en contra de la expresión oral es que trasciende. Al emitir sonidos, estos se esfuman, a menos que sean grabados o registrados por otra persona con algún otro medio, pero lo lógico es que desaparecen en el viento. Cuando escribimos, independientemente de que el documento pueda ser o no destruido, existe un registro claro de nuestras palabras. Se puede prestar a malas interpretaciones, pero no a malas lecturas literales.

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The Rasmus, una banda de rock finlandesa, sacó en el año 2003 un álbum que le ayudaría a dar la vuelta al mundo, éste álbum lleva por nombre Dead Letters. Lauri, el vocalista de la banda, escribe en el álbum la siguiente definición de una carta muerta:

“Una carta muerta es un carta que nunca fue recibida porque la persona a quien fue escrita no se encontró, y tampoco fue devuelta a la que persona que la escribió”

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Referencias de cartas muertas como tal no existen muchas, sin embargo en el estado de Washington en Estados Unidos existe una oficina de cartas muertas, esta oficina fue creada en 1825 para todas aquellas cartas que no llegaban a su destinatario y tampoco se devolvían al remitente. Dicha oficina la menciona Herman Melville en su novela Bartleby, el escribiente. 

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Las cartas muertas, como concepto, parecen un asunto plenamente de ficción, pero es un concepto tan real que pasa desapercibido por la mayoría de las personas. Una carta muerta también puede ser la que se escribió y nunca fue enviada, la que se recibió y nunca se abrió, la que se perdió en el viaje, la que no se transcribió, la que se tiró a la basura, la que se ahogó, la que mintió. En fin, una carta muerta es aquella que no cumple su propósito de comunicar su contenido.

Todos escribimos cartas muertas, a veces no las escribimos y están igualmente muertas. ¿Cuántas cartas muertas tienes escondidas en el cajón?

Texto por María González

 

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