El aire amasa un cierto dejo de aroma a libro oriundo de la biblioteca que está al lado de la ventana del atelier. El mismo que se abre cada vez que es llamado, el mismo que cada noche reordena sus letras en finas lineas horizontales, claras, concretas. Allí dentro, mágicos trazos que coinciden en torrentes de dibujos, se mueven como en una masa sin gravedad, y recorren lentamente cada hoja, desde el principio al fin. Los colores se condensan y rebalsan vibraciones, energías, intensiones. El sol finalmente entra al cuarto, y hechiza al principal tomo de la biblioteca, el libro del pingüino y el hombre nativo.

Eran veinte niños en aquella sala del margen sur del Tajo (Lisboa). Frente a cada uno de ellos, un pedazo de barro y un desafío inédito: crear. Lentamente, dos pequeñas manos sorprendidas moldearon un pingüino, mientras paralelamente también se le daba forma a su historia. “Era la primera vez que mis manos creaban un personaje tridimensional, pintado de vida y de emoción”, recuerda Daiena Dâmaso, aquella pequeña artista que bien supo abrir la puerta que nunca cerraría. Algún tiempo después, en una intervención urbana escolar, creó un hombre nativo, devenido de algún rincón de su mente, con rasgos geométricos, lineales. Estas pequeñas grandes obras definieron su rol en esta vida. “Hoy, dos décadas y algunas centenas de personajes después, miro para atrás y son esos dos rostros los que me saludan muy sutilmente por entre esa neblina de memorias perdidas y confusas que es mi infancia. Aquella escultura del pingüino y la pintura mural sobrevivirán a través del tiempo”, agrega mientras detalla el cosquilleo en la punta de los dedos que siente cada vez que ilustra un personaje nuevo, el mismo que la recorría en su niñez.

PH: Olga Preiss

“Las palabras de un texto son como las raíces, el tronco y las ramas de un árbol, de una historia. Después existen las hojas, las flores, los frutos, los pájaros, las abejas. Si un árbol desnudo puede ser una invitación a la imaginación, también un texto o una simple idea tiene esa capacidad. La ilustración es ese complemento que eleva la comunicación a otro nivel más visual e imaginativo”, explica desde la ecléctica ventana de su atelier, de la que escapan notas de blues, jazz, funk, etcétera. Desde allí, Dai puede ver en los ojos brillantes de las personas que gustan de sus creaciones la capacidad de un diseño de poder despertar la imaginación muchas veces apagada o inerte. “Me comunico con las personas a través de mi imaginación, y muchas veces ellas se llevan un pedacito con ellas. Mi imaginario perdura en las paredes de una casa, y me gusta pensar que eso les alegra el día”.

El libro se abre, las letras se reordenan y ella simplemente les da vida. Paso a paso compone la ilustración de una manera alegre, fantasiosa y colorida. Ha pasado el tiempo y con él, decenas de maestros con los que ha aprendido a conocerse. “Funciono por extremos. La tranquilidad y el caos desencadenan en mí diferentes voluntades artísticas. En ambos casos, basta con tener conmigo un cuaderno y algunos marcadores”, desglosa. En días tranquilos, envuelta por la marea de una playa o la tranquilidad de un jardín, el cuaderno surge como un complemento de placer, y salen de ahí los diseños más descomprometidos. En días más cargados, el cuaderno se convierte en refugio, una madriguera donde puede aislarse para respirar muy profundamente. El proceso de trabajo comienza siempre por una búsqueda intensa donde, a partir de disparadores, las ideas comienzan a salir poco a poco. La inspiración parte muchas veces de otros artistas, así como también de un niño comiendo helado, o de la sonrisa de una amiga. Todo lo vivido formará parte de algo en su imaginación. “Toda expresión es una forma de comunicación. A través de mis diseños, intento comunicar una idea que me surgió o ayudar a entender las ideas de otros creadores”.

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“Mi ojo acaba en los ojos de otras personas. La recepción de mi trabajo es la etapa final, la conclusión tan deseada de mis proyectos. A veces puede no generar la mejor mirada -nadie se libra de leer algún disgusto o incomprensión del público-, pero eso también es parte de ser artista. Comunicamos. A veces somos comprendidos, otras veces no. Si mis diseños hacen reír, sé que por lo menos estoy en el camino correcto para comprenderme a mi misma”.

Rodeada de arte en cada rincón de su casa lisboeta, la ilustradora de tres décadas sostiene que lo único que importa es ser uno mismo. Se describe como una persona comunicativa, inquieta y curiosa que tiene en sí misma muchas facetas pero un solo ‘yo’. “Artista o no, soy Daiena, y eso es todo lo que importa, ser una misma. Tengo la certeza de que si no desisto de luchar y continúo diseñando, las cosas acabarán por suceder como lo he planeado. Pienso que todos los artistas son sobretodo luchadores incansables”. Bajo esta bandera, ha logrado grandes metas en su carrera artística, como exponer en la casa donde vivía el poeta Fernando Pessoa, dibujar para grandes revistas o libros de artistas que admira. La conjugación de todas esas oportunidades le han abierto el juego a vivir casi exclusivamente de su arte, y ése siempre fue y será su mayor sueño, su mayor felicidad.

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