Camina un dibujo sin todavía ser dibujado sobre una indómita nada. Camina recto, silbando bajito por el borde de un espiral que tampoco existe aún. Paso a paso aparecen colores, pero mientras crecen, se esfuman. Gira y gira, hasta que en un momento mira por encima del hombro, ríe y deslumbra finalmente la noche. Ahí donde nadie y todos se encuentran, ahí donde la nada y el todo se vuelven uno. Quizá fue un suspiro, quizá un gesto, pero esta noche el dibujo se volvió real, alguien lo trajo a la existencia. Alguien le dio play.

Como un cuadro en movimiento, la infancia de Dante Zaballa mutaba entre libros de cómics, videojuegos y la irrupción de las animaciones de MTV en los ’90 tan sorprendentes en esa década. “Para nosotros, que veníamos de una infancia muy de conurbano bonaerense, de jugar en la calle y lejos de la pantalla, descubrir ese mundo de imágenes tan al palo era una psicodelia total”, recuerda Dante hoy, con un par de décadas más, caracterizadas fuertemente por la búsqueda de nuevas texturas y sensaciones a través de coloridos experimentos.

La misma búsqueda continúa hasta hoy: “La combinación un poco de lo pictórico o la gestualidad de lo manual, en movimiento, como un cuadro que se mueve. Eso es lo que me encanta”. A medida que fluían y surgían nuevos dibujos, también lo hacían nuevas ideas y trabajos. Entre papeles y pinceles, se abrió la puerta de la animación, como un impulso de sacar algo “así no más, como venga”, lo que sea que haya adentro. Casualmente, estas primeras animaciones se llamaron “vómitos”, y fueron el umbral donde todo comenzó a ser pintado a mano.

En la noche, cuando toda la actividad de la ciudad se detiene, aparece el momento favorito, el instante casi meditativo en el cual todo cobra sentido. “Las animaciones las hago en ratos libres, básicamente cuando no estoy trabajando. Es como hacerlo a ocultas los fines de semana o a la noche tarde. Pero está bien, porque el proceso mantiene el misterio”, dice, mientras enfatiza que el mayor entusiasmo llega al auge cuando queda resuelta la parte gráfica, y comienza el momento de pintar y animar. No importa cuál sea el contexto, solo tiene que haber algo para tomar, música y pinceles.

De ese espiral de colores que se esfumaban, de aquél dibujo que todavía no existía, de aquella hoja en blanco que un día desprendió un color, supo nacer un canal que todavía se expande. Este camino, esta conexión a lo artístico, llevó a Dante a dar el salto hacia Berlín, desde donde hoy se encuentra dándole vida y movimiento a su arte. “Por suerte la animación me permitió moverme bastante. Mi primer corto ‘The Head’ me llevó a San Pablo, mi primer avión. Y desde ahí los siguientes me llevaron a lugares más lejanos. Algunos tanto que parecían de película. Hice amigos en lugares recónditos y extrañe a los otros. La animación también me tuvo noches trabajando sin descanso. No es todo color de rosa. A veces abandonas la vida social un poco de mas para terminar algo y te duele mucho la espalda, pero la sensación de haber terminado una obra es la más linda de todas”, explica y se mueven dimensiones de colores.

Y desde allí continúa siendo causa y efecto de su propio movimiento, director y actor de su propio proceso intenso e interno, que “termina con algo que le das play y existe. Y antes no”, como lo describe él mismo.

¿Dónde encontrarlo?

www.dantezaballa.com
www.instagram.com/dantezaballa/

 


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