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Por el centro de una calle desnuda y vacía, un viento fuerte y cargado arrasa con todas las hojas caídas de los árboles. El día es gris, áspero e inquietantemente dormido. Los cables colgantes se mecen de un lado a otro, como siguiendo un ritmo, desafiando los postes que los sostienen. Todo parece desear que las ráfagas hagan del camino algo específicamente suyo, pero a lo lejos algo se dislumbra. Viene transformando salto a salto la sombra en luz, el negro en color.

Una guirnalda de nueve notas avanza rápido sobre un monociclo de emociones que dispara jubiloso millones de papeles de colores alrededor. Se escuchan carcajadas y gritos despertadores que rompen con la monotonía del ciclo e invitan a jugar. Él es Elies Miralpeix Bosch, un árbol de muchas ramas pero un solo espíritu: el artístico.

“Recuerdo el dia exacto en que de niño tomé consciencia de una verdad, la que acompaña al dudar, al pensar: se puede (y debe) dudar de todo, cuestionar. Y entonces aparece la segunda verdad, para mi al menos: ya que seguir el río común de la masa no se puede, hay que actuar para cambiarlo”. Así comienza un cuento de magias florecidas, la historia de un militante del arte y la moral.

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Como un malabarista, juega con sus herramientas con un único fin: bailar el arte en la obra de la vida, navegar la coherencia y el caos, porque “al fin y al cabo, todos y cada uno de los aspectos de la vida pueden vivirse de manera creativa, comprometida, sincera”, manifiesta. Por eso, hace música en la calle; escultura por placer; bioconstrucciones y huerto por militancia, y crea instrumentos por el reto que le conlleva.

Empezó creando escenas en las calles con el fin de despertar mentes, a través de distintas disciplinas, intentando conmover almas y sacudir corazones. Luego todo viró y lo que él llamaba “terrorismo artístico” se convirtió en algo más profundo: “Con el tiempo la vanidad de querer cambiar el mundo pasa a algo más práctico, mundano y asequible: convertir tu vida, tu ejemplo, en algo bueno para uno y para todos y todo. Pensando aún inocentemente en que los actos de uno pueden influir ‘artísticamente’ al otro”, explica.

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Así fue haciendo sonar copas de cristal y descubriendo nuevos horizontes. “La música siempre me hizo sentir en ‘casa’. Es capaz de transmitir todo el abecedario de las emociones”, detalla y de fondo suena el Handpan y su vibración. Es el instrumento que toca y hace, constituido por nueve notas y mucho amor.

A través de él, toca en la calle como acción poética, simple, directa, incluso política. Allí es donde puede ver a través del velo del mundo. “La reacción inmediata en los ojos de los que paseando se encuentran conmigo tocando, es impagable. Es un encuentro uno a uno, directo, sincero, y yo más que sólo tocar mis temas, intento que la música lleve los pasos de los que pasean”.

Según este espíritu creativo, hacer instrumentos (y debería ser también tocarlos) implica beber de muchas fuentes, ya sea física, matemática, química, biología. “En poco tiempo he hecho fundas mochila de tela para los instrumentos, he gravado al ácido, electrogravado, he experimentado con hornos, durezas y colores del acero, me he aislado acústicamente un taller, etcétera. Infinidad de campos en los que aprender. Es genial”, asegura.

El silencio de la calle gris se ha roto y se ha generado una atmósfera relajante pero activa, viva, dulce y con pasión. Los castillos marrones y desvanecidos vuelven a cobrar vida y los helechos renacen hasta llegar al cielo. La inspiración ha llegado y lo ha encontrado trabajando. “Yo compongo tocando, buscando, improvisando. Hay días en los que estás más conectado con el instrumento y todo fluye. Esos días, rompiendo mis propios esquemas conocidos, encuentro fragmentos de melodías, frases, cosillas que con el tiempo -pueden ser meses o días- cristalizan en un tema nuevo que nunca deja de evolucionar y crecer, mientras los toco. Soy de cocción lenta, digamos”.

Y como un planta en la jungla logra alcanzar la altitud precisa para llegar a la luz, su siembra ha sabido ser cosechada a merced de una única voluntad. “No busco ni el aplauso ni el reconocimiento, para mi el éxito sería poder vivir como quiero en cada momento, fiel a mi moral”, se explaya quien, por su modo de vida escogido y tan al margen como pueda del sistema laboral económico, es un ejemplo de que se puede vivir, ser y crear dignamente, coherente y pacíficamente. “El arte influye en la sociedad como vía de escape, cómo sublimación de lo que no decimos”, destaca y agrega: “El viaje más interesante es el interior”.

“Haber vivido hasta hoy básicamente del arte ya me parece un gran logro, haber arriesgado todo mi capital humano y económico en proyectos creativos, funcionen o no comercialmente, es un gran motor de crecimiento personal. Cuando no hay pretensión el arte es libre”, cierra el árbol de mil ramas, con 36 años de misiones artísticas, nacido en Sant Esteve de Palautordera, Barcelona, pero ciudadano del mundo.

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