Juventud, libertad, diversión y desvergüenza son algunos de los conceptos que podemos interpretar en el trabajo fotográfico de Samantha Ashcraft. Bajo el seudónimo de Goo Rot encontramos a una joven de 22 años que actualmente reside en Oakland, California. Tuvo su primer contacto con la fotografía a la edad de 15, cuando su tío le regaló una Nikon N90 en la misma época en la que su padre sufría de cáncer de páncreas. Esto la empujó a fotografiarle para tener un recuerdo de él antes de que empeorase.

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Sam fue diagnosticada de un trastorno bipolar, lo cual le hace vivir entre fases de euforia y depresión, echo que inevitablemente se ve reflejado en su trabajo. En su segundo año en la escuela secundaria dejó de interesarse por el mundo académico y, desde ese momento, lo único que le importaba eran las relaciones con sus amigos, conversar sobre la condición humana mientras fumaban marihuana y veían películas de Miyazaki Hayao hasta el amanecer.

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Sus amistades se convirtieron en sus musas. Comenzó a fotografiarlos interesándose en la belleza que veía en cada uno de ellos y también a modo de agradecimiento por mantenerse a su lado en cualquiera de sus etapas. Poco a poco, Sam fue elaborando de forma inconsciente un diario fotográfico que se convirtió en su memoria echa imagen.

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Su obra es una oda a la vida, podemos ver el ansia de vivir de una juventud capaz de comerse el mundo, en la que no hay nada imposible y la felicidad y diversión diaria son el pretexto más importante para vivir intensamente. Música, sexualidad adolescente, alcohol y drogas, una realidad que no tiene reparos en mostrarse sin máscaras, sin vergüenza. También podemos ver una gran cantidad de autorretratos que Sam se toma para así, de algún modo, tomar mayor consciencia y comprensión sobre si misma y su estado en sus diferentes etapas de euforia y depresión.

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Trabaja con fotografía analógica exclusivamente, puesto que le proporciona mayor naturalidad en el resultado final. Sus fotografías muestran la realidad tal y como se mostró ante ella, colores puros y momentos reales de su vida cotidiana libres de artificios y retoques pues es lo que ella busca, coleccionar momentos de su vida de la forma más real posible por si acaso algún día su memoria le falla. La película tiene esas características dentro de su lenguaje, una suavidad y profundidad de la imagen, una autenticidad que el digital no ha podido alcanzar. Además de utilizar los formatos tradicionales para película pasó a las instantáneas con una cámara Fujifilm Instax en busca de una satisfacción inmediata.

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Como conclusión, decir que el trabajo de Samantha es otro de esos ejemplos en los que la fotografía actúa de un modo terapéutico, como forma de auto-análisis, de comprensión del entorno, de las relaciones con aquellos que nos rodean y como lucha contra el olvido, contra la posibilidad de perder los recuerdos más preciados, aquellos en los que de verdad nos hemos sentido felices, nos hemos sentido vivos.

Para ver más, que seguro que lo harás, visita su Flickr.

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Artículo por María Hernández.

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