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Hay un círculo amarillo sobre el suelo. Meciéndose en la altura, un ser ríe a carcajadas. Tiene una mirada cómplice al horizonte. Se suelta el pelo, lo deja caer al precipicio, lo mueve y gira, sin parar. Al volver en sí, oye la música y mueve los hombros al ritmo, unísono se replica en eco junto a las risas, que como mariposas inundaron el aire, que ahora está lleno de salpicaduras de colores, flotando suspendidas en el instante. Y es que del cielo se desprendió información, que dice que no hay fronteras, ni líneas que limiten la creatividad. Ella lo sabe. Ella lo siente. Ella lo vibra. Ella es Bugambilo, la chica de los mil soles brillantes.

Han aparecido en su vida, como mágicamente, muchas fuentes de las que supo beber. Sobre la mesa, han sabido brotar infinidades de obras llenas de luz, como esculturas, dibujos, pinturas, tal vez algún verso estrellado, o simplemente de la gota que resbaló del vaso nació un boceto de un nuevo grabado. Desde detrás de sus ojos, Sol espiaba la vida y sus participantes. Desde allí sacaba sus conclusiones del mundo, reservada, introspectiva, observadora. Echó semillas en los talleres que frecuentaba de chica, ahora ve el árbol que rebalsa de frutos jugosos que bien sabe valorar. “Creo que me hice artista trabajando, no comparto mucho el mito del genio creador que sólo produce inspirado. Me gusta pensarme como una trabajadora del arte, con mucho amor por lo que hace”, se desliza y dispara, Bugambilo, de 31 planetas girando satelitales.

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Si bien ha de nacer hojas en todas las ramas, hay algo que la encontró por sorpresa, la tomó de la mano y la invitó a jugar. El bordado. “Con el hilo encontré una forma de cruzar el amor por la limpieza del color y el recorrido de la línea. Crear me produce muchas satisfacciones, es como ese instante en el que sos consciente de tu existencia, te das cuenta que estás vivo y disfrutas el doble. Es una forma de relacionarme con el mundo y entablar vínculos con lo que me rodean”, explica, mientras acaricia su arte y su manera de ver el mundo: en imágenes a color. En su proceso de búsqueda pictórica por el color y la superficie, se encontró disfrutando del arte que emanaba, se enamoró y lo dejó salir, libre como el sol que representa.

Sabe que ese cordón creativo que la atraviesa de pies a cabeza también necesita de un poco de amasado, otro poco de leudar, y luego un golpe de horno. “El trabajo creativo es una actividad ‘24 horas al día, 7 días a la semana’, siempre estás en eso porque es tu vida. La inspiración es sólo una excusa, un disparador de algo más. Puede ser un color, una foto, una prenda, un libro, un momento, una canción”, subraya y describe un momento perfecto: una mañana soleada, aire fresco, tecito y mesa de trabajo –aunque no siempre es posible-. Y como un juego, da vueltas y lanza al cielo un puñado de papelitos de colores, es ese momento de recopilar información, usar posticks, tener listas, dibujar y empezar a probar hasta estar conforme. Como una tarea de investigación que en paralelo la impulsa a la experimentación plástica. “Suelo trabajar con temas cercanos, que tienen relación con mi vida”.

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“Hay un momento muy bello de distanciamiento, donde se acaba ese enamoramiento inicial y puedo ver las cosas con mayor claridad. Se asemeja mucho a ver una foto tuya de hace un tiempo: sabes que sos vos, podes reconocerte pero también te das cuenta que hoy sos distinto y eso está bien”, reflexiona al pensar el proceso de una obra. “Creo que en general el arte es un espacio de sacrificio, donde hay que ser constante y en la medida de lo posible ordenado para tener un volumen de producción que te permita moverte”, suelta.

Y como cables de cientos de colores, el arte le penetra por las manos y se desprende hacia arriba. Se disuelve de los guetos, se desencasilla de las etiquetas y se suelta el pelo. No quiere barreras mentales, solo quiere trabajar su don. “Soy alguien que usa determinados medios en función de ciertas ideas, no descarto en un futuro transitar otros lenguajes. Me gustan los desafíos, soy curiosa y tengo ganas de seguir aprendiendo cosas”, se explaya.

“La humanidad es sensible a ciertos tópicos que se repiten a lo largo de la historia, la pulsión creadora nos acompaña desde el inicio de la humanidad, incluso antes que la escritura. El arte es algo propio del ser humano, si pensemos en las cuevas de Altamira, Chauvet o Lascaux, es imposible no maravillarse. Seguramente sean distintas las funciones sociales del arte según los períodos históricos, pero creo que el impulso creativo que nos mueve es el mismo”.

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Y punto por punto, color por color, su trama crece y se magnifica, la guía por caminos de flores y lagos de los que disfruta maravillada, agradece y sigue trabajando, para que el arte la vuelva a encontrar con las manos en la masa, o en la tela. Entonces así volver una y otra vez a mecerse en el trapecio creativo, por encima del círculo amarillo tan lleno de magia que lanza colores al cosmos, ese que la hace reír a carcajadas, ese que le recorre las venas y le estalla el corazón.

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