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La corriente del río trajo consigo una ofrenda de flores y sonrisas. Espejando el sol, el vidrio de un retrato dejó entrever un momento: arena, mar y una niña de andar mágico y el gran poder de transformar en colores memorias grises, pesadas por livianas, dolor por felicidad, alma en cuerpo. Maia Luz Zaballa, teatro itinerante.

Apenas llevaba algunas semanas en el vientre de su madre. Desde allí, no sabía de qué se trataba la vibración que recibía, pero le gustaba, se calmaba, la amparaba. Del otro lado, crecía el primer espacio cultural de Castelar, Buenos Aires, Argentina, 23 años atrás: “El Living Teatro”, fundado por sus papás Ciela y Daniel. Allí afuera un mundo de artes la esperaba y cobraba vida. “Nací envuelta de arte. Nací en un teatro. No lo descubrí si no que nació conmigo”, recuerda. El camino se abría, le fascinaba, y de allí absorbía.

Giras, funciones, viajes, disfraces, roles, carcajadas, música. Sombreros, colores, palabras, magia. Detrás de una nariz roja, o simplemente sin ella, impregnada de teatro como un aroma al recuerdo, Maia se desprende de sí para expresar aquello que baja desde algún lugar desconocido, directo a su mente, en forma de ideas, luces, acción. “El teatro me enamoró siempre. El poder jugar a la realidad. Poder jugar a inventar mundos nuevos. Tener libertad de crear, preparar una historia y luego contarla con el cuerpo, con palabras, con humor. Siempre el humor fue y es mi camino. Lo que me sale de los poros. Tanto en la vida cotidiana como en el teatro. Hacer reír a la gente, que se divierta, se relaje, se identifique, o al menos sacarle una sonrisa. Eso para mi es hermoso. Y para la gente también”.

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Naturalmente, la hoy mujer de calzas rayadas y mil colores, toma de la cotidianidad de la vida aquello que la inquieta para convertirlo en sonrisa. Ésa es la esencia principal de su camino. Mediante “Suripantas”, el dúo de humor y música del que era parte, llevaron este ímpetu a otro nivel: el humor como función catártica. “Se trata de agarrar algo que da bronca, enoja, indigna y transformarlo totalmente, sacarlo afuera, que la gente lo ó sé identifique.  Sacar la mufa, los fantasmas y compartirlo con una risa”, dice, ríe, y agrega: “Con el teatro se puede transformar la realidad, se puede hacer conciencia o simplemente se le puede dar una hermosa experiencia, un hermoso momento al espectador”.

A través del humorismo, logra la metamorfosis total de sus proyectos en obras concretas, con un único fin: que todos sean uno. “Eso es lo hermoso del teatro, poder adaptarse a cualquier medio, cualquier ámbito, cualquier inconveniente que surja. Hay que seguir, hacerlo y transformarlo todo y transformarse uno”, explica. Para ella, la verdadera magia está en lograr que todos los presentes de una función se sumerjan tanto como para volverse uno solo, atentos, emocionados y expectantes. “Nace de quien lo escribió, luego del que lo dirigió y finalmente del actor/actriz, quien logra que todos estén en la historia junto a él, a través del cuerpo, de los tonos de voz, de los matices”.

Mientras recuerda cientos de anécdotas que la unen infinitamente al teatro, que la rodeó desde antes de nacer, emergente de una familia de increíbles artistas de corazón de elefante, Maia vuelca: “El arte es mi pasión, mi vida. El arte, sana, cura, transforma”. Llena de sueños alcanzados y proyectos por cumplir, se para ante el mundo bajo una bandera, de total flameo. “El mundo artístico en general tiene de todo, como todo. Diferentes colores, diferentes caras. Por un lado está la competencia, el cholulismo, el egocentrismo, el interés, la envidia, eso existe siempre en cada aspecto de la vida. Por el otro se encuentra el amor, el respeto, la creatividad, el compañerismo. Las dos caras de una misma moneda. Cada cual decide dónde estar parado”, manifiesta y continúa su camino..

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