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Es otoño. Por la ventana se ven los árboles sacudirse como despidiéndose de algo. Llueven hojas doradas. Caen lentamente. Acariciándose, unas sobre otras. El tronco, nostálgico, queda en ramas desnudas, pero entiende que es parte de un todo. Que despedirse hoy es darse la bienvenida mañana. En el suelo, las hojas forman un colchón. Se humedecen. Se secan al sol y esperan el próximo vendaval para volar más allá, y ser parte de un nuevo paisaje, que embellecido agradece al árbol por tal solidario gesto.

Luciana Milagros Olivera nació un ventoso día de Otoño. Nació con la nostalgia del árbol despidiéndose. Nació con la ligereza de esa hoja que recién desprendida salió a volar. Nació también con el arte en la sangre, sin saberlo, con el ojo preparado para mirar más allá. Tiende a caer en ensoñaciones donde reinan los recuerdos de la hoja prendida, y su inherente anhelo por revivirlo. Entonces entendió un día el porqué de esa fuerza que le tiraba incesante, esa fuerza que la llevaba a tomar una cámara y disparar. Esa fuerza que de repente la llenaba. “Una foto es un segundo que le robamos al tiempo para volver a disfrutarlo cuando el corazón nos pida”, subraya. Pero todo ese esplendor y a su vez nostalgia necesitaba otro canal para flotar. Entonces encontró las palabras, en aquella vorágine de hallar algo que le contenga el corazón. “Encontré en la hoja alguien que podía escuchar todo”. Quizá por eso es que sus creaciones están tan cargadas de emociones que traspasan el medio y se quedan dentro del espectador, como recordándole algo. “Como una lista interminable de emociones que buscan salir a la superficie de mis aguas inmensas para respirar un poco de aire. Cada poema y cada foto crean su propia atmósfera, que está formada por la combinación única de sentimientos que haya experimentado en ese momento”.

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Ella también fue atravesada por el arte. También fue elegida para decir algo. También es a flor de piel, permeable y sensible. Por eso, desde la tierra al cosmos, se transformó para resguardar la niña introvertida, y creó a “Neptunauta”, un medio para comunicar. “Milagros es la niña en mí que todavía tiene miedo de todo lo que siente, de no poder manejarlo. Teme perder, extrañar, cambiar. Neptunauta es la manera que encontré de abrazar y transformar todo eso, moverlo hacia todos los lugares posibles y avanzar”, dice. A través y por ella, se inspira del sentimiento que genera una situación, de la delicada fragilidad del ser humano en la inmensidad de la natura, y también del pedacito de naturaleza en nuestras manos. La mueve el amor, el rayo de luz cayendo sobre una piel dormida. “La inspiración es un proceso en sí, en el que la fascinación y el amor por algo nos mueve a transformarlo. Yo decidí transformar en fotos y en palabras”.

Paso tras paso, con el pelo alborotado del viento con el que nació un día en Entre Ríos, Argentina, encuentra un espacio libre, se sienta en el verde y respira. Se deja atravesar. Suben las emociones y le hacen temblar las piernas. Entonces decide sacar su cuaderno de tapa azul, escribir un poema cargado de fuerza y a su vez fragilidad, y darse cuenta de que es momento de sacar su vieja analógica. Momento de disparar. Capturar un episodio. Ser cómplice del instante. Amigarse con su yo más interno. Volar. “Me siento muy cómoda en la espontaneidad del sentir, y me gusta valerme de eso al momento de crear”, explica.

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Así, congela pedacitos de vida para luego volverlos a respirar. “Como cuando un aroma te agarra desprevenido y te transporta a tu niñez, o a la casa de tus abuelos, a cualquier momento en particular”. Es ese poder de transportar   -como una máquina del tiempo- lo que la hace seguir buscando soplos de existencia que recién son revividos al ser revelados. Ahí está la magia analógica. Ahí está la luz blanca que la guía por este camino de arte. De allí se desprende su oxígeno.

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Y al entender la importancia de los momentos, decidió fundar una fortaleza de disparos. Creó “Lagunaria”, una revista digital que reúne fotografías de otros artistas que también tienen algo para decir. Allí, fotógrafos de todo el mundo tienen el lugar para compartir sus creaciones, un espacio cálido que da sin esperar nada a cambio, donde el papel fundamental lo juega el arte, que ha atravesado esos cuerpos, que transparentes han sabido reproducir lo que se les ha sido dado.

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Un camino, un retorno, una manera. No es fácil estar mucho tiempo dentro de uno mismo sin comunicar lo que nos sucede, como dice Neptunauta. Y lo que ella comunica genera movimiento, como un temblor que desencadena un oleaje en el mar. Sin querer, transportó a quienes la encontraron por momentos que tal vez se habían opacado de tiempo, los elevó dulcemente por una nube de recuerdos que nutren y llevan a otros puertos, que tal vez hoy no encontremos el porqué, pero mañana nos despertarán con un abrazo cálido y esperanzador y nos dará cuenta de que hoy estamos aquí, y el mañana es efímero.

mila

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