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Cae la primera gota de lluvia sobre el cordón de una vereda angosta. En macro es un conjunto de cristales perfectos que furtivos dejan entrever otra realidad aún exquisitamente nítida. Absorbida por la gravedad, se deja caer la siguiente, espesa, sobre la punta del zapato acordonado del chico que camina en cámara lenta, de mangas arremangadas, y en silencio hospital. Cierra los ojos. Respira. Abre. Estalla el instante como una escena de cine. Las gotas ya no caen, sino que flotan cual canción de cuna por el aire, abrazadas de letras que se disponen sigilosamente con una intensión. Vocales y consonantes bailando de la mano, sentidas generan sentido y se estacionan en la libreta de hojas lisas. El ya imaginó el guión, el juego de palabras, y hasta la delicada melodía activa de la trama. De un momento a otro, el stop-motion se congela para luego volver a velocidad normal. Todo esclarece y hay nuevos párrafos en el cuento 14, firmado por Nicolás Fernández Ramos. Hay una nueva historia que contar.

En un hogar sin libros -más no sin música- busca el porqué de su devoción por la escritura. “Me interesa el lado psicológico, el por qué esto y no aquello, cuál fue el origen de esa necesidad de expresarme contando cuentos”, expone Nicolás, delgado y de mirada reojo. Mágicamente, fue la música lo que empujó al mundo del lenguaje, del que hoy es fanático. Según asegura, su primer libro fue ‘Heaven Than Heaven’, una de las tantas biografías que salieron de Kurt Cobain. “Empecé a escribir a los dieciséis. Ya venía leyendo desde los doce, y, como también me pasó con la música, quise hacer eso que esas personas hacían. Quise ser yo quien se mostrara, quien contara las historias. Ese fue el impulso inicial. Ahora el impulso es costumbre, es una cuestión de todos los días”.

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El canal físico y espiritual donde fluye la música siempre estuvo activo, tanto en su vida como en la de su familia paterna, en su mayoría oriundos de Entre Ríos, Argentina. Con esta pasión en sangre, lo que escribía en su libreta, lo expresaba a cántaros como vocalista de su banda hardcore. Luego, como cada vez, volvía por el borde de la vereda, con las mangas arremangadas, pulsando Thelonious Monk. “Ahí entra el concepto abierto del arte, la asimilación de otros estilos. Saber que todo es una fusión de otra cosa con otra. Cuanto más abierto es uno, más recursos, herramientas y conocimientos tiene. Y al mismo tiempo uno se lleva mejor con el mundo, y también con el vecino que te invita a tomar una cerveza y pone Wiz Khalifa”.

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Pero nada llega sin esfuerzo. “No sé si llamar camino al trecho que hay entre el arte y uno. Las cosas están ahí, acá, en todos lados. Sí hay un ‘ascenso’, me parece. Siempre hay escalones; así los llamo yo, escalones, y los mido en pequeños logros”, dice. Y es como una pequeña serenata al “yo interno” a ritmo cotidiano: cada día, cuando el sol se pone, el café ya está caliente y la mente lista para salir a rodar.  Sobre la mesa, la taza y la birome. Un libro de Edgar Allan Poe abierto en una página al azar descubre el inicio de un nuevo texto a partir de una palabra disparadora. Silencio, escritura y edición. “Cuando termino lo leo más de diez veces al día durante un par de días y después lo dejo alrededor de un mes y ahí lo vuelvo a revisar, lo reedito y así sucesivamente hasta que me parezca que tiene lo que yo quería que tenga: sensaciones, explica.

Pone su ojo detrás de la gota y otea claro: “el poder principal que tiene el arte es la expresión del librepensamiento y la libre interpretación”. Repasa que, para él, la subjetividad del arte deviene de su poca exactitud. No hay reglas, no hay parámetros exactos que lo definan por más libros que se escriban al respecto. “Jamás va generar un pensamiento unilateral ni una misma sensación general.  Genera más diversidad, influye de muchísimas formas. Al ser una herramienta puramente expresiva genera todo tipo de reacciones y respuestas. Tiene el poder de la empatía, del relato, de la huella, del reciclaje”, dispara.

No es algo que busque hacer, sino que forma parte de él a cada paso. “Es así. La literatura te chupó, ahora pensás en prosa o en verso todo el tiempo. Y eso es hermoso. Cada hecho que para otros es irrelevante para uno es una historia llena de jugo”, dice, mientras cose con hilos mentales la lista de referentes con los que se siente a gusto. Llueven escritores latinoamericanos y, por qué no, algún que otro ruso: Pushkin, Turgenev, Dostoievsky, Chéjov.

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La escena se construye y destruye con equidistante pasión. Se entrelazan ramas artísticas como algarrobos. El instante derrama inspiración. Hay discusiones existenciales con un Hitchcock mental que se exaspera. Y es que el joven que no escribe sin su camisa, también encuentra vehemencia en el cine de vanguardia.

Y aunque él sea su propio enemigo susurrándole en la espalda, se reinventa cada vez en búsqueda de algo más. Vuelve una y otra vez a caminar por el borde de la vereda esperando la segunda gota en la punta de su zapato acordonado para imaginarse una nueva escena de cine, intradiegéticamente musicalizada, donde los versos que escribió la última noche de estrellas comienzan de a poco a disponerse para decir algo, por mínimo que sea, a fuerzas de subir otro escalón. Ya sabe lo que es mirar para atrás y ver la escalera en la espalda. Hoy se da vuelta y ve catorce escalones en forma de cuentos que ansioso espera por publicar. Ésa es su recompensa. Su caricia. Hoy y otra vez más está acá pero no, está ahí, debatiendo, esta vez, con su Frank Capra interno.

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Solo Está En Tu Mente (Banda N.F. Ramos) – Descubriendo Horizontes

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