The Visitors (2012) es una videoinstalación multicanal con la que el artista Ragnar Kjartansson  documenta una acción musical que transcurre en la granja Rokeby, una mansión histórica situada en el Valle del río Hudson (Nueva York).

El artista ha convertido en una obra de videoarte el sentimiento de tristeza y melancolía que le embargó cuando se separó de su primera mujer y madre de su única hija, una pieza grabada de 64 minutos y grabada de una sola vez. La videoinstalación nació en un momento en que su matrimonio con su primera mujer “se descomponía”, según ha explicado el propio artista. Para superar el momento de melancolía por el que estaba pasando decidió componer una melodía, que dura los 64 minutos de grabación, con unos versos compuestos por su exmujer, que se cantan de forma repetida a lo largo de la grabación.

Para la ejecución de esta obra Ragnar Kjartansson invitó a un grupo de amigos. La casa en la que transcurre la obra fue visitada por el artista en numerosas ocasiones. “Siempre había querido hacer algo en ella”, confesó. Decidió realizar una vídeoinstalación consistente en la grabación de su composición musical, de aire melancólico, con sus amigos e intérpretes, seis chicos y dos chicas, repartidos en ocho habitaciones distintas de la casa tocando cada uno su instrumento. Para la grabación de su pieza, Ragnar eligió la bañera de uno de los cuartos de baño de la mansión para participar también en la obra. Permaneció durante toda la grabación tocando la guitarra acústica y cantando, mientras el resto de sus amigos hacía lo propio en otros espacios.

La pieza se proyecta simultáneamente en nueve pantallas gigantes repartidas por toda la sala y el espectador aprecia en todo momento, tanto el sonido en conjunto de la composición como el particular de cada instrumento, dependiendo de la pantalla ante la que éste se coloque. De esta forma, se puede apreciar el sonido de todos los instrumentos que se tocan en la pieza: la guitarra acústica de Kjartansson, una guitarra eléctrica, un bajo eléctrico, dos pianos, una batería, un acordeón y un violonchelo. Hace un par de meses tuve la gran oportunidad de disfrutar de esta obra en mi visita al Museo Guggenheim de Bilbao, y, como amante del arte y de la música que soy, puedo decir que es una pieza maravillosa y espectacular que merece la pena presenciar.

 

 

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“Texto por: Noelia”

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