Hay una imposición moral acerca de los cadáveres y de la muerte. Son temas que son tratados con extrema cautela y discreción. No es común ir a un café, un cine, un parque y escuchar a la gente hablar amigablemente de la muerte. Sin embargo, esta imposición no se extiende al arte, y la muerte, los cadáveres, los fluidos y los huesos encuentran en ella un santuario de expresión dónde se pierde el temor, el asco y dónde se vuelve tan cotidiano como la vida misma.

 

Reid Peppard es una artista y diseñadora de joyería con una inclinación a la taxidermia. Sus obras están llenas de emoción y controversia, ya que utiliza los cadáveres de pequeños animales para producir su joyería y diseños. La belleza del trabajo de Reid Peppard radica en su capacidad de tomar el cadáver y objetificarlo de forma que pierde la connotación de la descomposición y lo vuelve un tributo que perdura más allá de la caducidad de la carne de un cuerpo. No hay fluidos, no hay tejidos, pero la escénica de la criatura se mantiene intacta y se incorpora a la vida diaria, como un elemento de moda sin perder su propósito artístico y estético.

 

Algunas de sus colecciones incluyen diademas de alas de palomas, monederos hechos de ratones, tocados hechos de aves enteras o bolsos de zorro -literalmente.

 

Dentro del debate moral de la crueldad y el cuerpo, Peppard entrega obras amigables hacia los animales, aunque parezca imposible de creer por la naturaleza de sus fines, ya que todos los animales han muerto  de causas naturales o inevitables. Todas las piezas pasan por un proceso de limpieza en el que las pieles son tratadas, por lo que los cuerpos son estériles. Las piezas son únicas, no sólo por la intervención del artista o las variaciones en el proceso taxidérmico, sino también por la individualidad del animal. Es sacar lo hermoso de lo trágico, la belleza del horror y acercarnos al cadáver, presentado ante nosotros como un regalo.

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