De a partes parten las partes que construyen el todo que llega a ser, a veces, infinito, a veces inexistente. El todo se degrada y se vuelve piezas que vuelven a unirse para de nuevo transformarse en algo más.

En el pecho de Santiago algo despertó un día. Algo vibró tan profundo que conectó todos los sentidos con el afuera a través de un cordón umbilical. Este canal de retroalimentación constante le abrió una frecuencia nueva, llena de vida, de crudeza, salvaje, indescifrable, y permitió, entre otro montón de cosas, la expresión de las más hondas verdades propias que, de otra manera, no hubiesen sido capaces de salir al exterior. “Definitivamente, la música me transformó en muchos sentidos, obviamente que está la esencia de uno por un lado, pero me despertó cosas internas, que a través del tiempo me ayudaron a concebir mi vida como una unidad”, dice, cobra oxígeno y revive la fuerza que lo empujó: “Fue la necesidad, ésa que viene y está al lado tuyo estimulándote; y uno ni siquiera sabe que está ahí hasta muchos años después. No sé de dónde viene, capaz en el continuo intercambio a lo largo del día, tanto en el cómo te relacionas con vos mismo como con los demás”.

Su música transmite sinceridad, texturas de terciopelo y otras que raspan. Dice todo, pero sin palabras. “Sinhabla” desprende a veces que la inspiración aparece en momentos inesperados, sin importar el día o lugar donde estés. Su proceso late y late lentamente, cada detalle se convierte en un todo, resolviéndose en lo simple y en el goce. Es que el hecho de componer desde hace tantos años lo llevó a abrazarse, a respetar los tiempos y necesidades de éso que lo despertó. “Cuando escribís aparece hasta lo que no sabías que estaba ahí. Eso hace que sea imposible mentirse a uno mismo porque viene todo junto y, de alguna manera, no pide permiso sino que dice ‘Hola, acá estoy y soy tan parte tuya como tu cabeza, tus pies y manos’. La necesidad me impulsa casi siempre, aunque también disfrute de hacer música y compartirla”.

De repente se apagan las luces, el aire comienza a abundar, se escuchan solo las respiraciones de la sala. “Santiago es bastante soberbio y terco, ansioso sobretodo, pero su otro yo lo comprende y hoy día aprenden a cuidarse y ayudarse entre sí”, cuenta de sí. Suenan las primeras notas de su viola, las luces comienzan lentamente a encenderse, una a una. El aire se achica, ahora hay música que está llevándote por un canal. Lo sentís en la nuca. Parte por parte, nota a nota, el espacio está sumido en un viaje que quizá no entienda, pero, como dice Sinhabla, “cuando las cosas fluyen bien, se siente muy cómodo. Eso se puede ver en los ojos de los que están sumergidos en el momento. Eso me gusta, un clima introspectivo, de preguntas y dudas”.

El camino que recorre es real y con eso le alcanza. “El arte simplemente expresa lo que está pasando, lamentablemente en muchos casos, el producto se come la sinceridad y la calla”, explica. “Creo, por verlo en la calle todos los días o cada vez después de tocar, que la gente no es consciente de cómo y ni de cuánto consume arte diariamente, constantemente y la necesidad que tiene de él, cómo lo busca, y no creo que sea algo opcional”.

Solos, su viola y él, alguna que otra vez acompañados por otros músicos, van desprendiendo partículas de un todo armónico, conectado por ese cordón a una matriz sensorial. Y así como un día algo se encendió en sus adentros, cada uno de sus acordes despierta algo en alguna parte de todos nosotros.

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