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La noche se hizo día. La oscuridad, el brillo. Hay una brisa suave que apaga motores y los invita a parar. A parar de pensar. A dejar la mente libre al viento al fin, y descansar. Hay acordes, melodías, sinfonías. Canales de colores, cielos azules.

Y negros.

Y tormentas que estallan contra el suelo mil veces. Metamorfosis. Sombras como torbellinos mezclados con un río infinito de lágrimas que lloró ayer. Ella. El cielo. El suelo. Vanessa Sonnenfroh. La música.

“Creo que empecé bastante temprano. Hace poco encontré un video de cuando era niña. Tenía 3 años, y hacía como una canción freestyle sobre la leche de banana”, se ríe y recuerda. “De niña, era muy presionada para que aprenda Cello, Oboe y piano, por lo que terminé escribiendo canciones a modo de protesta”, agrega y vuelve en sí. Con 12 años, la tormenta se estrellaba en su mundo interno, y la consciencia corría por sus venas. Ansiedades, miedos, traumas, encontrados en el momento justo, a la hora exacta. La tomaron de las manos y la sentaron en el piano. Big bang. Toda su emoción construyendo sinfonías. Cable a tierra. “La música se me ha sido dada como un lenguaje para lidiar conmigo misma. No hago música para otros o para divertirse. Es más bien mi terapia. El que algunas personas puedan sentirse identificadas, es un verdadero regalo”, devela.

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La música viene y va, cada vez, hamacándose en el columpio de cada instante. La magia es empatizar, sentirle el aroma. Hacerla existir. “Una canción tiene magia cuando es real. No importa si se está más o menos capacitado. En mi opinión, se tiene que sentir lo que se está haciendo. Y ser una persona completamente honesta y auténtica. Si dejás que las emociones te atraviesen hacia un proceso creativo, todo puede pasar”, dice. Ella no eligió la música. La música vino hacia ella.

Y con el tiempo, aprendió a tejer las telas, para entonces crear la red que la sostiene suspendida en el aire, cuidada y expresada. La música, otra vez, bajando con su barco desde el País de Nunca Jamás, para liberar almas y llevarlas por otro mágico mundo. Luego el destino cambió su destino y una nueva tropa partió desde Alemania hacia Nueva Zelanda. “Vivía con músicos en botes. De soles a soles musicales. Fue increíble”, cuenta y se imagina. Ahora ella y toda su energía conviven en Berlín, mientras se forman en producción musical, entre otras ramas. “El camino del arte en el que estoy es muy bonito. No tiene indicaciones, así que no sé donde me llevará”.

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En una especie de mundo paralelo, brotado de sensaciones y alcoholes, la inspiración inunda sus poros y la posee. De repente, un calor maníaco la hace escribir sus mejores canciones como expulsadas de su alma. “Pienso mucho en la mortalidad y la fragilidad de la vida. Soy muy empática y puedo sentir el dolor de la gente, los monstruos y miedos que arrastran. Sobre ésto suelo escribir”, asegura, mientras a su alrededor flotan profundas conversaciones y sesiones de arte.

Resurgiendo cada vez, ha aprendido a dejar libre a su espíritu los hilos de su pasión. Y ser arte. “Los artistas tienen un enorme poder, para mí. Nosotros humanos somos conducidos por los instintos y las emociones. El artista puede tocar a las personas en sus crudos y reales puntos. Si escribimos y creamos sobre las cosas correctas, podemos cambiar el mundo haciendo que la gente sienta, empatice, y sea emoción”.

“Corro la vida como Alicia en el País de las Maravillas, irradiando luz y energía. Solo hago lo que amo hacer y en lo que soy buena. Si fuese maestra, actriz, doctora o conductora de autobús, sería lo mismo, en cuanto hagas lo que amas”, cierra el telón la chica del piano alemán nostálgico, la chica del cielo azul, la chica del silencio y la sinfonía de la emoción.

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