Silvia Grav es una joven fotógrafa malagueña de 21 años que actualmente reside en Los Ángeles. Desde hace dos años la fotografía se convirtió en su profesión y hace unos meses fue seleccionada como uno de los 20 mejores fotógrafos menores de 20 por la red social Flickr. También ha trabajado para marcas como Lexus y su siguiente paso en comenzar con el mundo del vídeo y el cine, además de aprender música, a cocinar, hablar mejor y perder el miedo que le supone subirse a un avión. A continuación sabremos un poco más sobre ella y su magnífico trabajo.
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¿Cómo empezaste a fotografiar y cuando decidiste convertirla en tu medio de trabajo?
Empecé por casualidad a los 16. Había dibujado desde siempre y al empezar bachillerato artístico surgió de manera natural.
En realidad no lo decidí muy conscientemente. Aun sigo estando algo perdida, pero con diecinueve años el nivel era bastante más extremo. Creo que en mis fotos se percibe un poquito. Las cosas entonces no estaban (ni están) bien en España, especialmente en la cultura, y cuando lo primero que te dicen en la universidad es “asumid que no os vais a dedicar a esto”, ilusionarse parecía bastante ridículo, y decidir abiertamente ser artista era algo así como decirle a tus padres que querías ser poco menos que narcotraficante, pero encima un narcotraficante pobre. Aun así me empeñé y empecé bellas artes, fue un desastre, lo dejé, volví a casa de mis padres, me hundí en la miseria, aproveché la miseria para trabajar mucho y con todo lo que ahorré un verano me compré la cámara con la que aun sigo trabajando. Poco después me publicaron en un blog y todo vino de golpe, así que eso decidió un poco por mí.
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La mayor parte de tus fotografías son autorretratos, ¿Es una necesidad personal? ¿Qué te empuja a ponerte ante la cámara y trabajar contigo misma?
 
Lo de auto retratarme es por muchos motivos. Tenía dieciséis años, así que aquello empezó por lo habitual: ego, curiosidad, jugar un poco. En un principio no asocié la fotografía al arte, y cuando me di cuenta de lo que podía dar de sí empecé a explorar esa parte de una forma un poco obsesiva. El ego y la curiosidad siguieron ahí, pero además el hecho de utilizar mi persona tenía muchas ventajas. Yo siempre estaba disponible y me ahorraba el problema de explicar cosas a las que aun no le he encontrado palabras adecuadas  a un modelo.
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Los personajes que creas en tus retratos parecen desprender en la mayoría de ocasiones un aura seria, nostálgica, parecen sentirse tristes y apenados…¿Por qué?
 
Porque el motor ha sido ha sido siempre la incomprensión del dolor. Era incapaz de entenderlo ni entender su origen, pero estaba ahí irremediablemente, incluso cuando aparentemente todo parecía ir bien. Trabajar en base a él me ha ayudado a comprenderlo. A entender que nunca se va a ir. Eso lo ha vuelto agradablemente soportable, y poco a poco estoy aprendiendo a trabajar apoyándome en otros motores menos destructivos.
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Háblanos un poco de cómo es tu proceso de trabajo. ¿Dónde nacen tus fotografías? ¿Sabes lo que esperas conseguir antes de disparar y/o ponerte ante la cámara?
 
No, nunca lo sé. Es totalmente imprevisible. Siempre he pensado que sólo era una consecuencia del desastre de persona que soy. Pero después de pensar mucho en ello y de fracasar constantemente tratando de remediarlo, descubrí que trabajar puramente por intuición es lo único que me permite abrir el margen de experimentación y eso, por un lado, multiplica la probabilidad de hacerlo mal, pero también la posibilidad de descubrir procesos diferentes y de encontrar el propio.
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El blanco y negro en alto contraste siempre ha sido tu marca personal pero recientemente has comenzado a trabajar también en color, con tonos principalmente apagados, obteniendo unos resultados igual o incluso más impresionantes. ¿Qué te hizo dar un paso hacia el color? 
 
El aburrimiento. Cuando las cosas se vuelven fáciles dejan de estimularme tanto.
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¿Que te aporta el blanco y negro que te gusta tanto trabajar con él?
 
No entiendo demasiado bien porque me atrae de esta forma. Creo que el blanco y negro, en especial el analógico, posee unas texturas que asociamos con más facilidad a lo físico, pero también a lo antiguo, a algo con historia y por eso con más valor, y ahí podemos identificarnos más porque hay más información conocida que asociar. Eso es agradable para un ser humano. La fotografía digital sin edición tiene una estética un poco aséptica, y el resto de cualidades propias que posee hasta ahora no me han interesado demasiado.
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Por último, unas palabras que quieras dedicar a nuestros lectores.
Que gracias por tener la paciencia leerme.
Para ver más trabajos de Silvia visita su WEB o su FACEBOOK.
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Entrevista por María Hernández.
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